LA MÚSICA TERMINÓ, PERO NOSOTROS, AÚN CANTÁBAMOS

Estás aquí, pero te siento a mil años luz

domingo, 21 de octubre de 2012

¿Serás tú... mi príncipe multicolor?

-Agarradlo fuerte. Que no se os escape.
¿Por qué? ¿Por qué tengo que retenerlo?
La pista está llena. Miles de personas. Con nombres, con vidas y sentimientos, sostienen, cada una, un globo de un color distinto. La explosión de tonalidades que inunda el patio es increíble, como si nos encontrásemos sumergidos en un gran lienzo. Pero los globos no pueden volar. Tenemos que sostenerlos bien fuerte entre las manos.
El mío es amarillo. El color del sol. Por alguna razón que desconozco, su color me transmite una alegría inmensa y, por extraño que parezca, mi globo parece brillar en medio de todos los demás. Como si tuviese realmente el sol entre las manos.
No. No quiero retenerlo.
Abro las manos. Mis dedos se separan poco a poco. Siento como el hilo me hace cosquillas al deslizarse entre ellos. Ahora es libre. No seré yo quien lo encarcele. No quiero que el sol pertenezca a una sola persona. Quiero que sea de todos. Que esté en lo alto del cielo, donde debe estar. Quiero que brille.

Supongo que he debido llamar mucho la atención. Pero, ¿qué importa?
El silencio lo baña todo. Sé que muchos me miran, asombrados, pero que, al final, dirigen su vista a mi estrella.
Cuando mi globo está bien alto, de súbito, uno más comienza a elevarse. Es azul. Como el cielo. Y va en busca de mi sol, que se le ha perdido.
No sé por qué, pero todo el mundo se aparta y forma una especie de pasillo. 
Y ahí, al otro lado, está él.
El chico sin globo. Me mira. Le miro. Y nos sonreímos.
Inmediatamente, todos sueltan sus colores y los dejan volar. Pero ni él ni yo nos percatamos de ello.
Ya está.
Me acerco a él, aunque ya nadie nos presta atención. Nuestras miradas se mantienen la una a la otra en todo momento. Hasta que nuestras manos se tocan. 
Te encontré.

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