Cuando di un paso, el suelo se iluminó. Explotó en multitud de pequeñas chispas que volaron por los aires cargadas de libertad. En las baldosas se abrió una profunda brecha hecha de cristales rojo fuego y diamantes escondidos bajo aquellas viejas y desgastadas rocas. No me dio tiempo a apartarme y noté como caía por aquel bello agujero. Sacudí los brazos buscando algo a lo que aferrarme, pero solo encontré luz. Motas brillantes que volaban alborotadas hacia el cielo azul mientras yo me precipitaba hacia una oscuridad infinita. Sin quererlo, empecé a llorar y las lágrimas flotaban hacia arriba en forma de pequeñas gotas redonditas, ni siquiera ellas podían sujetarme, huían de mí, escapaban de mis manos que las reclamaban como mías, me dejaban sola en aquel lugar inhóspito. En ese sitio oscuro donde todo escapaba de mí, sólo existía una certeza, una única certeza. Estaba metida de lleno en un cuento.
Y en todo cuento, hay un príncipe azul.