El niño de ojos oscuros me mira con suspicacia.
Está plantado bajo el marco de la puerta. A su osito de peluche le cuelga un peludo brazo rozando el suelo.
Aparto la mirada.
Todo esto me trae demasiados recuerdos.
Hace años, él mismo estuvo en esa posición. De pie, en medio de la puerta. Sonreía de tal manera que me hacia sentirme como un helado bajo el sol y, en lugar de un peluche, llevaba un rosa.
Cierro los ojos, echo la cabeza hacia atrás, apoyándola en el mullido sofá, y me aprieto más contra mí misma.
-Mamá, no puedo dormir.
Qué curioso. A ambos nos ocurre lo mismo. No puede dormir porque tiene miedo de que los monstruos de sus pesadillas vuelvan a aparecer. En mis sueños también hay monstruos.
Quizás no sean como los suyos, pero también me causan miedo.
Oigo cómo se acerca a pasos lentos y pausados sobre el parqué.
Un coche.
Una carretera.
Lluvia.
Aprieto los labios.
Son elementos que odio.
-¿Son las pesadillas? - le digo tomándolo entre los brazos cuando llega al sofá.
-Sí, mamá.
Abro los ojos y lo miro. Sus iris castaños me devuelven una mirada tierna y asustada. Le acaricio el rostro.
Es tan... Se le parece tanto...
-¿Y... qué ves esta vez?
-Un monstruo rosa de tres cabezas te arranca los brazos y después te lleva con él.
Asiento, sonriéndole, para infundirle cariño.
-Pero estoy aquí. No me iré. Y ningún monstruo de tres cabezas me llevará con él.
Me abraza con fuerza.
-¿Por qué no puedes dormir tú, mamá?
-También... - suspiro - tengo pesadillas.
-¿Hay monstruos rosas de tres cabezas?
Me río.
-No. Hay otras cosas.
-¿Cómo qué?
-Como... un coche.
-¿Te da miedo un coche?
-Sí.
-¿Por qué?
Me separo de él un poco, con una mueca de nostalgia en la cara.
-Porque hace cosas malas.
-¿Qué clase de cosas? ¿Qué hace?
Sé que me nota la preocupación en el rostro. Se inclina un poco y me limpia la lágrima.
-Matar a papá.