LA MÚSICA TERMINÓ, PERO NOSOTROS, AÚN CANTÁBAMOS

Estás aquí, pero te siento a mil años luz

martes, 30 de octubre de 2012

Traición

"No está. No ha venido. Le ha pasado algo. Ya... no me ama"
Le veo estas palabras grabadas a fuego en el rostro al entrar en la cabina. Me apretujo contra el cristal y exhalo aliento sobre él, quizá para intentar borrar la decepción en el rostro de la única persona a la que soy capaz de mirar a la cara.
Se sienta, pero yo permanezco de pie, pegado al vaho.
-Siéntate. - no le hago caso y no repite la orden.
-¡¿Dónde está?! - lo digo tan fuerte que varios presos más se giran para mirarme.
Baja la cabeza y yo la bajo con él, intentando cruzar nuestras miradas, pero a través de un escaparate.
-No va a volver.
-¡¿Qué?! - esta vez grito sin importar quién me escuche.
Aprieta los labios.
-Cree que... 
-¡¿Qué?! ¡¿Qué?! ¡¿Cree qué?! - trago saliva porque se me ha quedado la garganta seca.
-Cree que... te mereces a alguien mejor que ella.
NO! - ahí está. Su fría y dolida mirada de ojos azules que me atraviesa. Dice la verdad. Probablemente le ha prometido que me transmitiría este mensaje. Quizá ella no soportaría mi reacción, pero él, ¿es capaz de soportarla él?
No despega los ojos de mí mientras me estampo contra el cristal una y otra vez. Mientras lo ataco, con uñas y dientes y grito, rajándome las cuerdas vocales,  tratando de desgarrar el mundo, un mundo donde no está ella.
Un par de guardias consiguen calmarme y me alejan de la ventanilla.
-¡No! - repito. - ¡Iván, Iván, sácame de aquí! ¡Tengo que verla! ¡Tengo que decirle que la amo!

Ahora sí. Sus ojos de hielo se posan en el suelo. Pero no me hace falta mirarle para oír lo que dice.
Ni siquiera necesito que el mundo deje de girar, enmudeciéndose, para escuchar el suave y susurrante halo gélido que emana de sus labios. Porque lo hace. El mundo se detiene.
-Está embarazada. - susurra, y no me da tiempo a sonreír. - Voy a ser papá.

viernes, 26 de octubre de 2012

Take my hand and you´ll fly

-Dame una razón. Una única razón.
-No puedo. 
-Entonces me iré.
-Pero yo no quiero que te vayas.
-¿Y por qué? ¿eh? ¿Qué te hace querer que me quede?
-No lo sé. Es algo... algo extraño. Como, como... no sabría definirlo.
-No me vale. No es razón suficiente.
-Pero yo...
-No.
-Tú tampoco quieres irte.
-Claro que quiero.
-No quieres. Sé que quieres quedarte, aunque tú tampoco sabes por qué, ¿a qué sí?
-Sí quiero. Pero no lo entiendo. Y me asusta.
-A mí también. Pero te diré una cosa.
-¿Qué?
-No creo que esto se solucione alejándonos el uno de otro.
-¿Ah, no?
-Creo que, esta a sensación de necesidad, de anhelo... la llaman 
Amor. 

domingo, 21 de octubre de 2012

¿Serás tú... mi príncipe multicolor?

-Agarradlo fuerte. Que no se os escape.
¿Por qué? ¿Por qué tengo que retenerlo?
La pista está llena. Miles de personas. Con nombres, con vidas y sentimientos, sostienen, cada una, un globo de un color distinto. La explosión de tonalidades que inunda el patio es increíble, como si nos encontrásemos sumergidos en un gran lienzo. Pero los globos no pueden volar. Tenemos que sostenerlos bien fuerte entre las manos.
El mío es amarillo. El color del sol. Por alguna razón que desconozco, su color me transmite una alegría inmensa y, por extraño que parezca, mi globo parece brillar en medio de todos los demás. Como si tuviese realmente el sol entre las manos.
No. No quiero retenerlo.
Abro las manos. Mis dedos se separan poco a poco. Siento como el hilo me hace cosquillas al deslizarse entre ellos. Ahora es libre. No seré yo quien lo encarcele. No quiero que el sol pertenezca a una sola persona. Quiero que sea de todos. Que esté en lo alto del cielo, donde debe estar. Quiero que brille.

Supongo que he debido llamar mucho la atención. Pero, ¿qué importa?
El silencio lo baña todo. Sé que muchos me miran, asombrados, pero que, al final, dirigen su vista a mi estrella.
Cuando mi globo está bien alto, de súbito, uno más comienza a elevarse. Es azul. Como el cielo. Y va en busca de mi sol, que se le ha perdido.
No sé por qué, pero todo el mundo se aparta y forma una especie de pasillo. 
Y ahí, al otro lado, está él.
El chico sin globo. Me mira. Le miro. Y nos sonreímos.
Inmediatamente, todos sueltan sus colores y los dejan volar. Pero ni él ni yo nos percatamos de ello.
Ya está.
Me acerco a él, aunque ya nadie nos presta atención. Nuestras miradas se mantienen la una a la otra en todo momento. Hasta que nuestras manos se tocan. 
Te encontré.

miércoles, 17 de octubre de 2012

17  de Agosto de 1993

Palomas. Palomas blancas. Volad, volad alto, donde ni yo ni nadie os pueda alcanzar.
¿Lucas? ¿Estás ahí? ¿Las ves? ¿Ves las palomas?

La chica del gato. Así es como me conocen. Ya no soy "la novia de Lucas", ni siquiera "la chica", a secas. Si me llaman así es por mi nuevo compañero. 
Nano no es mi gato. No es mi mascota. Ahora solo somos amigos. Aunque aquí nadie parece entenderlo.
Ellos viven en mundos diferentes al nuestro. Los días soleados les pertenecen. Días de sol, de nubes blancas, de cielo azul. Mientras ellos disfrutan, nosotros caemos. ¿Hacia dónde? No estoy segura. Quizá hacia ninguna parte. Sólo sé que, cuando la noche cae sobre esta maldita ciudad, y el silencio lo baña todo, Nano y yo dejamos de movernos y ponemos los pies sobre la tierra.
Las noches son nuestros días. Me apoyo en la pared de tu piso y lloro desconsoladamente, porque se me gastan las fuerzas de esperarte. En cambio, Nano sube al tejado cada noche y maúlla. Creo que pregunta.
Pregunta a esos días soleados, y a esas nubes blancas, y a ese cielo azul.
Lucas, ¿dónde estás? Esa es su pregunta.
Cuando despunta el alba, comenzamos a caer de nuevo.
P.D. No te preocupes, Nano.
Volverá.

domingo, 14 de octubre de 2012

13 de Agosto de 1993

Recuerdo esos días en la cálida y acogedora cocina. Recuerdo tus manos, rápidas y delicadas, al verter el café sobre las tazas. La lluvia golpeaba los cristales con fuerza. Los truenos hacían retumbar los azulejos medio rotos de la pared.
-No tengas miedo. - solías decirme.
Nunca tuve miedo. No mientras tú estuvieras allí.
¿Sabes que ahora voy a tu apartamento cada día? ¿Sabes que me paso las tardes sentada contra la pared, contemplando la oscuridad?
No me atrevo a encender la luz, aún no. Si lo hago, me daré cuenta de que no estás.
Hace días apareció Nano. ¿Lo recuerdas? Es aquel gato al que solías dar leche por las tardes.
Cada día me sigue calle abajo hasta casa después de pasar la tarde conmigo.
¿Tú también le echas de menos, Nano?
Nano dice que sí.
Anoche encontré tus cartas. He leído algunas, no todas.
¿Es por eso que te has ido? ¿Por tu padre?
No es justo. Yo podría haberte ayudado. Podría haberme ido contigo. Seguro que juntos lo encontraríamos.
Tengo que dejar de escribir esto porque las lágrimas van a emborronar el texto. Y, además, escribiendo a oscuras no me está saliendo bien.
Algún día se encenderán de nuevo las luces de esta casa.
Pero serás tú quien pulse el interruptor.
P.D. Un día más sin ti.                 
               
                                                                                                          ¿Dónde estás?

sábado, 6 de octubre de 2012

Caída de las hojas del calendario

Cuatro días, cuatro horas, cuatro años, cuatro segundos. El reloj emite su constante sonido. El invierno regresa, se acaba, los pétalos de las flores se tornan de vivos colores. El verano los derrite y el otoño las marchita. El invierno vuelve. La nieve cubre el mundo. El frío glacial congela las calles, congela los trenes y las almas de aquellos que recorren largos viajes. El cielo se vuelve oscuro y las pesadas nubes se ciernen sobre el mundo. La luna baña con su luz azulada los fríos y negros callejones de ciudades durmientes.
Pero el invierno acaba, y, con él, el mundo despierta. Los árboles se elevan y las flores renacen. Los colores inundan praderas y tierra. Las nubes se convierten en algodón que algún día escapó volando de los campos.
Las zapatillas recorren caminos, paseando, y la alegría invade los pueblos.
Pero esa vivacidad acabará pronto. Esa hermosa luna llena será la única luz en un mundo oscuro. Las golondrinas dejarán de volar y el aire detendrá el tiempo.
Por eso no importa cuántos años, siglos, horas, días, e incluso segundos, pasen. Porque todo volverá. Volverá y se marchará y luego volverá de nuevo. Y el ciclo se repetirá constantemente. Y aunque tú te vayas. Ya sea ahora, o mañana, o dentro de un milenio, yo sé que seguiré amándote.
El invierno me acompañará en las gélidas noches de llanto. Hasta dejarme dormida.

miércoles, 3 de octubre de 2012

¿Real?

El vaivén del TRAM me marea. Me hace sentir esas extrañas mariposas en el estómago que tanto adoro. Hace tiempo que no las siento, mucho tiempo, de hecho. Quizá el hecho de viajar en TRAM sea sólo una excusa más para sentirme mejor, para sentir que el amor existe, aún cuando a mí no quiere conocerme.
La noche cae al otro lado de la ventanilla. A la lluvia le asusta la oscuridad. Pega sus fluviosas manos en el cristal y me pide ayuda. Lo siento, gotas, no podéis pasar, vuestro destino es morir contra el suelo. O contra lo que sea. Contra la ventanilla de este tranvía.
El transporte se para por enésima vez. Aún faltan varias paradas para llegar a la ciudad, a casa. Pero no corre prisa. Hoy no.
Entran un par de ancianos seguidos de un chaval joven. Los examino mientras se acomodan en los asientos de plástico azul. El chico parece perdido, como buscando algo.
Lo miro disimuladamente. Él posa sus ojos en mí y luego en el asiento vacío a mi lado. Me ruborizo sin quererlo, pero no me pide permiso para sentarse. ¿Por qué habría de hacerlo? No soy dueña del sillón.
El chico me mira un par de veces y luego pierde sus chispeantes ojos verdosos en la pared final del vehículo.
Yo lo miro unos segundos.
"Parece llover en sus ojos"
Me giro hacia la ventanilla de nuevo.
-¿Alguna vez has pensado que tu vida es una mierda?
Lo contemplo anonadada.
-¿Eh? -  es lo único que soy capaz de articular.
Me mira seriamente. Definitivamente, hasta la lluvia de fuera quedaría reducida a añicos con sólo ver la tormenta que se desata en sus iris.
-Que si alguna vez has pensado que tu vida es una mierda.
Me parece un poco descarado el hacerle esa pregunta a una desconocida, pero, aún así, la respondo.
-Casi  siempre lo pienso. - es cierto.
Se deja caer contra el respaldo. Esboza una débil sonrisa.
-Creía que era el único.
Cuando el TRAM llega a Alicante, el chico y yo hemos contado nuestras pordioseras vidas en apenas veinte minutos. Bajamos en la misma parada y nos despedimos en la puerta.
Aún me giro unos minutos para mirarlo. Él también me está mirando. Nos detenemos y nos estudiamos mutuamente.
Ya no estoy en el TRAM. No estoy en un "simulador".
Las mariposas del estómago, son reales.