-A veces, creo que la tierra me habla.
Se pega más a mí, buscando calor en este gélido invierno.
-¿Y qué te dice?
Elevo la mirada a las copas de los árboles. El rocío se ha instalado en las débiles y decoloradas hojitas y ha tomado forma de diminutas estalactitas que amenazan con caérsenos encima de un momento a otro.
-Me susurra palabras.
-¿Palabras?
Lo miro mientras asiento. Sus brillantes ojos azules me dicen que está conmigo, que no se marchará, pase lo que pase. Me acerco un poco más a él, de manera que nuestros ardientes alientos se posan sobre el rostro del otro.
Lo miro unos instantes antes de aproximarme a su oído y decir en voz tan baja que casi no me escucho:
-La nieve lo cubre
la nieve lo derrite
el fuego palpitante en tu corazón permanecerá helado durante su invierno
pero las llamas volarán hasta el mar
y lo ahogarán en cenizas.
Le oigo contener el aliento mientras me separo para volver a mirarle.
-¿La tierra te dijo eso?
Asiento.
Me abraza con fuerza y el fuego palpitante en su corazón me envuelve como un abrigo. Huele a bosque y agua. Un agua pura y cristalina.
-¿Qué significa? - pregunta.
-No lo sé. - musito. - Pero me gusta.
-A mí también. - me aprieta más contra sí.
Nos quedamos un rato así, en silencio. Oigo nuestros corazones bajo tantas capas de abrigo y piel. Los oigo palpitar tan fuerte, luchando por ir a un mismo ritmo, siguiendo un compás, que parecen un conjunto de tambores.
Él respira. Yo respiro. El aire entra en nosotros y congela nuestras entrañas y corazones, dejando que el invierno nos mate por dentro.
Cuando la noche caiga sobre el bosque, probablemente, no quedará nada de nosotros. Nuestros cuerpos serán dos carámbanos de hielo formando parte del medio, como dos pequeños montones de nieve blanca y resplandeciente que ha caído desde un árbol.
Aprieto las manos contra su abrigo.
Cierro los ojos.
Suspiro.
-Me recuerda a ti. - susurro. - Tú eres como el invierno. Blanco y azul. Pero, en el fondo, hay un intenso fuego inundándote por dentro.
Sé que está sonriendo.
Y sé que su sonrisa es amarga.
Me coge de las manos para mirarme a la cara.
-Cuando todo acabe, te cogeré de la mano y volaremos hasta el mar para ahogarlo en cenizas. - cierra los ojos y apoya su frente en la mía.
Nuestras palabras se pierden en la inmensidad del suelo y los árboles. Vuelan a nuestro alrededor y escapan entre los resquicios que deja la frondosa vegetación. Cuando se marchan todas y cada una de ellas, tal y como han salido de nuestros labios, el silencio lo baña todo.
Pero no me molesta.
Ya he dicho todo lo que tenía que decir.
Sé que la muerte me encontrará así, apretada contra él, escuchando sólo los latidos de nuestros corazones. Y, en el momento que éstos se detengan, sé que habrán acabado con su canción al compás, en el momento justo. Y sé que después, la nieve nos cubrirá para siempre, pero ya estaremos muy lejos.
Danzando entre el sol y las estrellas y buscando un mar al que robarle el agua.
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