LA MÚSICA TERMINÓ, PERO NOSOTROS, AÚN CANTÁBAMOS

Estás aquí, pero te siento a mil años luz

lunes, 9 de julio de 2012

Sola

¡No! ¡No! ¡Por favor! - exclama desesperada mi mente mientras mi expresión exterior muestra una sonrisa tonta congelada en los labios.
Noto como me agarras por la cintura para lanzarme a la piscina con toda tu fuerza posible. Forcejeo débilmente porque, en realidad, no quiero que me sueltes, quiero mantenerme así, apretada contra ti, cuanto más cerca mejor, mientras el agua nos engulle hasta sus más profundas entrañas, alejándonos del mundo exterior, solos, tú y yo.
No puedo evitar de sonreír, porque mi corazón explota de alegría al saber que por fin te has decidido a hablarme, es más, lo has hecho de una forma tan dulce y tierna que me ha costado mantenerme en pie mientras me saludabas. Sin embargo, una parte de mi ser no puede evitar aterrorizarse, y la entiendo.
Ojalá pudiera gritarte a la cara todo lo que he tenido que soportar los últimos meses, todas las lágrimas que me he tragado en tu cara para luego empapar la almohada, todas las veces que he mirado esa foto, esa única foto que la poca resolución de mi móvil no ha sido capaz de captar con total claridad, y, sin embargo, sé que eres tú, porque, en aquellos momentos, me engañaste con tus encantos y con manos temblorosas, obtuve un retrato tuyo, para mirarlo cada noche y desearle felices sueños antes de dormir, y...antes de llorar amargamente.
Conmigo agarrada con un brazo, como si fuese peso pluma, te lanzas a la piscina con toda la energía que tus piernas son capaces de desprender. Y, en esos segundos eternos en los que vuelo contigo, siento como, dentro de mi corazón, la muralla que me ha costado tanto erigir, esa que, cada vez que trataba de construirla, aparecías tú y la obra tenía que comenzar de nuevo, se destruye. Hasta que la hice fuerte y sólida. Creía haber sido una buena albañil, que mis ladrillos estaban hechos a prueba de ti, pero ya veo que no, porque, en el momento que nos hundimos en el agua helada, de ella no quedan más que un puñado de ruinas.
Me río bajo el agua, quizá, ahora que he perdido la muralla, podamos comenzar otra vez y esto salga bien.
El cloro me impide ver bien, pero abro los ojos y te busco bajo el agua, para devolverte la jugada, para hundirte. No más que un juego de niños.
No te encuentro y salgo a la superficie a coger aire para después abalanzarme sobre ti. Me giro en todas direcciones y no te encuentro, me doy entonces la vuelta y te veo, en el otro extremo de la piscina, mirando con una sonrisa el fondo del agua, así pues, ya me has olvidado para hundir a otra persona. Aunque un pinchazo hace sangrar mi corazón, no me rindo, ahora te puedo pillar desprevenido. Corro contra la fuerza del agua, haciendo todo el esfuerzo posible por alcanzarte. Te veo ya muy cerca, estás aquí, a un roce de mis dedos. 
No te has dado cuenta de que pienso agarrarte del brazo para hundirte hasta el fondo. Mis dedos se estiran, mi sonrisa se amplía.
Pero, cuando voy a rozarte, algo me detiene.
Mis dedos se quedan a un milímetro de tu piel, sé que desean con todas sus fuerzas tocarte, sentir esa chispa eléctrica que me transmite tu contacto. Pero los obligo a encogerse, a apretarse y a cerrarse en torno a mi palma.
Ella sale del agua y te maldice con una sonrisa en los labios, luego intenta hundirte, como pensaba hacer yo, y no lo logra, porque tú la has agarrado por la muñeca para que no pueda moverse, pero no lo haces con fuerza, la coges con suavidad, sin hacerle ningún daño, vuestros rostros están muy cerca, os reís, como si no existiera nada más que vosotros dos en el mundo.
Un mundo que a mí se me derrumba a los pies.
Me voy haciendo cada vez más para atrás, no quiero que se den cuenta de que los estoy mirando.Pero no puedo evitar llorar. Mi muralla se ha destruido al completo, mi corazón está más débil que nunca, porque no esperaba ese ataque sin defensa, por eso soy incapaz de controlar el dolor y tengo que hundir la cabeza en el agua para que mis lágrimas se pierdan en la inmensidad de la piscina.
Creo que nadie me ha visto, por eso me sorprendo al salir del agua y ver a uno de mis amigos tendiéndome la mano, muy serio. Mis ojos están rojos.
-No tienes por qué llorar. - susurra, sin embargo, su potente voz suena por encima de todo el jaleo.
Quiero decirle que es culpa del cloro, que me daña los ojos, pero no sirve de nada, porque la sonrisa que he tratado de crear se quiebra en una mueca de sufrimiento y tengo que abalanzarme sobre él, porque no soporto este dolor más, no puedo llevar esta carga a cuestas tanto tiempo, yo sola.
Nadie se da cuenta de lo que ocurre y...
...él responde a mi abrazo en silencio.

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